Escrito y entregado en mayo, publicado hoy:
Cuando la humanidad
descubrió el fuego, descubrió el poder de tus manos.
El poder de tus manos
mientras se contiene el aliento meditabundo de tus noches.
-El poder de tus manos mientras me rozas.-
Tus manos contienen el
fuego tibio de tu corazón cansado, de un cuerpo ardiente. La búsqueda constante
por no calcinarte.
- El poder de tus manos que me rozan con duda, que me tocan con pena,
con extrañeza, con tibieza.-
Sos el fuego que
calcina, que destruye, que purifica. Sos el fuego y el metal. Sos el metal
derretido entre tu propio fuego.
-El fuego contenido en tus manos, que recorre mi cuerpo y me recorre
entera.-
Sos la figura y la
forma deformada en el calor abismal de tu pecho. Tus heridas sangrantes huelen
a carbón, y la última gota de sangre se evapora en tu llama más fuerte. Porque
vos sos herida y sos cura, sos la deformidad y la posibilidad de construcción.
-Tu fuego en mi cuerpo, tu cuerpo en mi cintura y espero serena, el
fuego de tus manos.-
Sos la absoluta fuerza
en tu mirada angustiosa. En la mirada más noble, en la más honesta, se esconde
tu verdadera fuerza.
-La tibieza de tu cuerpo al abrazarme.-
Sos la debilidad dentro
de tu pecho abierto. Sos la rosa escondida que intentas destruir en medio de tu
puño estrecho y cerrado.
- La mirada que evita verme.-
Sos como el fuego ardiente que construyó el
mundo. Sos la llama vibrante que nada apaga.
-Sos el fuego que no quiero apagar.-
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